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Santiago Gil: "A estas alturas sólo creo en el Atlántico"

09 de Diciembre de 2011

Santiago Gil: "A estas alturas sólo creo en el Atlántico"

Parece que Santiago Gil estuviese compuesto de sí mismo infinidad de veces, como pegatinas, una sobre otra, es él de niño y otra vez él de niño y otra vez… Su niño se le aferra al pecho con la insistencia de las olas clarificándole la existencia adulta, alongándosele por los hombros, bien asomado para que él vea, o mejor, siga viendo con la mirada cristalina de donde viven los cabosos.
Esto iba a ser una entrevista asustada, como el susto infantil de la visita al abuelo que no ves desde hace tiempo, entiéndanme, si Santiago sabe algo es de palabras y entrevistas y periódicos y todo esto, que, desde aquí, yo estoy aprendiendo.
Pensé muchas formas de preguntarle y muchas preguntas…No sabía si era mejor que ustedes lo conocieran desde su escritorio rodeado de libros al que acude todas las madrugadas a “robarle a los sueños” los argumentos , contarles cómo le gustan las agüitas de caña de limón que tengo el gusto de prepararle en cada visita, incluso me pareció en algún momento que si alguien podía averiguarlo eran los ojos de Fleco, su perro, y Ache, su sobrino, pero mucho me temo que esas certezas, como los misterios que se nos escapan, las guardarán para ellos y sus juegos alrededor de las piernas de Santiago enredados como el agua.
¿Cómo se hace Santiago?, yo le preguntaba sobre literatura y periodismo y él me hablaba de salir a la calle, de la existencia y la belleza que se aprende a base de mirar y trabajar. Tenía razón, después los paseos fueron distintos.
Santiago viaja todos los días hacia la memoria inventándose los viajes que nunca fueron, imagínense entonces cuántas vidas le van creciendo desde las seis de la mañana. La inspiración es traicionera me decía y me citaba a García Márquez con lo de que hay que tirar del carro diariamente. Me asombra la paciencia que tiene Santiago con su niño, que se le muere por salir corriendo a la orilla y de cómo lo sienta frente al ordenador para descubrirle nuevas veredas que con paciencia le devolverán las orillas de entonces “que ya no son las mismas”.
“A estas alturas sólo creo en el Atlántico”, eso dice Santiago después de venir de muchos sitios, el mar es la única patria que siente, bueno, le quedan las de la infancia y las de la literatura. Están las ciudades, las calles, la gente…todos legítimos para la poesía. Pero hay que pertenecer a esos lugares lo justo, dice que las llaves esconden en su seguridad demasiado apego al espacio que habitamos.
Otra vez la existencia en las palabras de Santiago, le gustaría pasar de puntillas horadando los riscos como el viento…dejando la vida de uno como el rumor de los callaos rodando en la resaca del océano. Somos así, pequeños.
Cuando hablamos de esto parece que ese niño supiera demasiado de las ausencias y la pena, ahora me parece que envejece, se preocupa por el abuso de los que se creen infinitos e inmortales y no comprende cómo a veces le vamos robando a la isla espacios milenarios de belleza y sabiduría bajo el hormigón.
Pero al poco vuelve a encaramársele el niño al pecho y entonces parece que todos los estratos que lo componen quisieran hablar a la vez, ahí está la pasión del que cuenta y del que se asombra aún remojándose los pies en el mundo.

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